La paradoja de la libertad: entre la memoria patriótica y la esclavitud cultural

Febrero es, para la, Republica Dominicana un mes profundamente simbólico. Es el tiempo en que recordamos la gesta del 27 de febrero de 1844, cuando hombres como Juan pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramon Matías Mella  ofrendaron sus vidas, su estabilidad y su futuro personal para que naciera una nación libre. No lucharon por una libertad superficial ni por una independencia meramente política; su visión implicaba soberanía, dignidad moral, autodeterminación y responsabilidad colectiva.

La independencia que proclamaron no fue fruto de la improvisación ni del desenfreno emocional, sino del sacrificio, la disciplina y el compromiso ético con el bien común. En ellos, la libertad no era licencia para hacer cualquier cosa, sino capacidad para construir una sociedad justa bajo principios claros.

Paradójicamente, mientras celebramos la independencia, febrero también se convierte en el mes de mayor efervescencia carnavalesca en el país. El carnaval Dominicano es presentado como una expresión cultural , parte del patrimonio popular y de la identidad nacional. Sus colores, personajes tradicionales como los “Diablos Cojuelos” y la música vibrante forman parte del imaginario colectivo.

Sin embargo, surge una pregunta necesaria: ¿puede una sociedad hablar de libertad mientras simultáneamente promueve prácticas que, en ciertos contextos, fomentan excesos, desorden moral y pérdida de conciencia espiritual? La cultura es valiosa, pero no toda expresión cultural edifica. Cuando la celebración se convierte en desenfreno, cuando la identidad se reduce al espectáculo y cuando el entretenimiento sustituye la reflexión histórica, la libertad comienza a vaciarse de contenido.

Aquí emerge la paradoja: celebramos la libertad política conquistada por los Patricios, pero podemos estar cultivando nuevas formas de esclavitud. No necesariamente cadenas visibles, sino ataduras invisibles: consumismo desmedido, hipersexualización, embriaguez colectiva, violencia simbólica y banalización de los valores.

La libertad auténtica no es simplemente ausencia de dominación externa; es dominio propio. Es la capacidad de decidir responsablemente, de resistir aquello que degrada la dignidad humana. Cuando una nación pierde su brújula moral, aunque conserve su soberanía territorial, puede experimentar una forma distinta de opresión: la opresión cultural y espiritual.

La historia enseña que las sociedades no solo caen por invasiones extranjeras, sino también por decadencia interna. Una cultura que normaliza el exceso y trivializa lo sagrado termina debilitando el tejido social, afectando la familia, la educación y el sentido de propósito colectivo.

No se trata de condenar toda expresión cultural, como manifestación popular. Se trata de discernir. La verdadera libertad exige responsabilidad. Los Patricios lucharon contra una dominación externa; hoy la lucha puede ser contra formas más sutiles de esclavitud interna.

Celebrar febrero debería implicar más que desfiles y fiestas. Debería impulsarnos a preguntarnos:

¿Estamos honrando el sacrificio de Duarte, Sánchez y Mella con una cultura que fortalece la nación?

¿O estamos intercambiando la libertad por una euforia pasajera que puede derivar en opresión social dañina?

La paradoja de la libertad en febrero nos desafía. Podemos ondear la bandera mientras descuidamos los valores que la sostienen. Podemos hablar de independencia mientras dependemos de impulsos que nos restan dignidad.

La libertad verdadera no es hacer lo que quiero, sino tener la capacidad moral de hacer lo correcto. Si febrero es el mes de la patria, también debería ser el mes de la reflexión. Porque una nación verdaderamente libre no solo celebra su historia: la honra viviendo con responsabilidad, conciencia y propósito.


Por el Pastor, Dario Mateo Mora

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Editor Gazcue es Arte

Master en Educación Superior mención Docencia, Licenciado en Comunicación Social, Técnico Superior en Bibliotecología y Diplomado en Ciencias Políticas, Columnista del periodico El Nuevo Diario

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