Yo amo los mosquitos

POR SERGIO FORCADELL

Hay personas a las que desde siempre les gustan los perros, los gatos, los periquitos, y ahora con eso de querer ser más sofisticados, se estila tener animales exóticos como los lagartos, iguanas, e incluso las peligrosas serpientes pitones que sus dueños las guardan en sus casas como mascotas. ¡Qué quieren que les diga!

A mí, los animales que me encantan son los mosquitos. Ver esos diminutos seres volando ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón, tomando prestados los bellísimos versos de Antonio Machado para describirlos, y observarlos después, cuando se posan sobre cualquier superficie, me causa una gran fascinación.

Por eso en cuanto los veo quietitos, tan delicados, tan graciosos, les sonrío, les digo eso de cuchi-cuchi y de inmediato tomo una chancleta o un periódico doblado y, si puedo, ¡zas! los golpeo sin misericordia, por cumplir con aquella frase tan pasional de que hay amores que matan, pues cada uno tiene su propio estilo de amar y eso hay que respetarlo.

La verdad es que por más que los naturalistas y los ecologistas digan, expliquen o justifiquen que todos los seres vivos tienen su puesto en la cadena ecológica, no sabemos cuál es el de los mosquitos, salvo el de acabar con la paciencia y la salud de los humanos.

Molestan más que un cobrador a fin de mes, insisten más que un recaudador de impuestos, y enfadan más que una suegra díscola y refunfuñona. La verdad que son animales intratables, de temperamento difícil, no se pueden domesticar, ni aceptan órdenes para dar la patita o sentarse, no cantan, ni trinan, ni gorgojean, no sirven para proteger propiedades, y para el colmo, no son comestibles y obtener, como del pollo, del pavo o del cerdo, sabrosos sándwiches de pierna, pechugas al horno, o costillitas a la barbacoa.

Sólo sirven para dar dolorosas picadas con esos finos taladros de piel, chuparle a uno la sangre como unos minúsculos dráculas, levantar urticantes ampollas, y transmitir peligrosas enfermedades: la malaria, la fiebre amarilla, la filariasis, el dengue y hasta la encefalitis. En definitiva son unos seres antisociales, unos delincuentes en miniatura, a los que hay que combatir con todas las armas posibles.

Pero, ojo, mucho ojo, los bandidos engañan más que una balanza sin resortes, pues no obstante su delicada constitución, son más resistentes que los tanques o acorazados, y se reproducen más que los conejos y que los políticos cuando hay un nuevo gobierno, y para desarrollarse les basta un chin de agua, un poco de calor y algo de descuido humano. Y ya se les puede echar insecticidas industriales al por mayor o detalle, aplicarles los aerosoles caseros, o ponerle las velas humeantes conocidas como "cobras", al principio mueren unos cuantos para disimular, pero al cabo de un corto tiempo, el veneno les sienta mejor que si se tomaran complejos vitamínicos. Ni siquiera la vacuna del gran científico colombiano, el Doctor Manuel Patarroyo, ha podido con ellos, pues al cabo de unos pocos años de ser eficaz se han hecho resistentes a sus componentes: el clorito sódico y el ácido cítrico.

Y ahí están los mosquitos tan campantes y tan pinchantes, esparcidos por casi todo el mundo, causando más de un millón y medio de muertes cada año, sobre todo en el África sub sahariana, sin olvidar unos cuarenta muertos y los cientos de ingresados en hospitales, que llevan en nuestro país hasta agosto, la mayoría niños o menores.

Si usted ve a esos sinvergüenzas, cualesquiera que sean sus nombres, el Aedes aegypti, el Anopheles gambiae, el Culex quinquefasciatus, el Aedes albopictus, o Juancito Pérez que digan llamarse, coja la chancleta o el periódico doblado y ámelos intensamente... ¡hasta morir!
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Editor Gazcue es Arte

Master en Educación Superior mención Docencia, Licenciado en Comunicación Social, Técnico Superior en Bibliotecología y Diplomado en Ciencias Políticas, Columnista del periodico El Nuevo Diario

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