La triste historia de un guachimán

Por Pedro Domínguez Brito

Cuando fui juez laboral, conocí muchas demandas de guardianes de seguridad.

A la mayoría les violaban sus derechos, eran contratados sin tener experiencia, sin saber de seguridad o de cómo manipular el arma de fuego que les entregaban. Les presento una de tantas historias que observé desde el estrado.

Son las tres de la madrugada. Tiburcio, el guachimán, está agotado. La última semana trabajó 18 horas al día, con la salvedad de que no le pagarán horas extras ni días feriados, pues su empleador se lo pidió como un favor, que el buen jefe, pobrecito, no tenía a nadie para ese servicio, y Tiburcio es alguien agradecido o tal vez incapaz de decir no. Hoy lleva casi 24 horas corridas en su faena.

De todas maneras, a sus sesenta años mal contados eso es demasiado. Su cuerpo está agrietado como la tierra seca, y ni con el lujo de sudar cuenta para refrescar sus polvorientos poros.

Desde anteayer come mal, como de costumbre, y su amo aprecia y valora ese hábito. En estos dos días su supervisor apenas le llevó un pedazo de plátano marchito con una ruedita de salami del grosor de un cabello. “Esto es lo que hay Tiburcio, pero usted es un hombre que aguanta”, le dijo y luego se marchó.

En realidad, quería despedir a Tiburcio, pero sin pagarle nada. ¿Para qué necesita ese viejo prestaciones laborales y derechos adquiridos? ¿Qué carajos hace un anciano con una escopeta que ni sabe disparar? Además, cumplir la ley sería un mal precedente para la empresa.

En la casa que Tiburcio ahora ofrece servicio no le dan ni agua. Sus necesidades las hace en un rinconcito del patio, con miedo y vergüenza. Su uniforme sólo aguanta más pena que sucio.

La noche está fría. Hay lluvias esporádicas. Tiburcio tose, y al hacerlo el perro de la rica familia se incomoda. Tiburcio tiene fiebre amarilla, azul, verde, no importa. Empieza a delirar. Su cabeza parece que anhela desprenderse del cuello. En su estado, el infeliz primero piensa en los suyos, a los que casi no ve.

¿Qué será de mi mujer y mis hijos? ¿Cómo estarán mis nietecitos? No puede más. Sus ojos se cierran un instante, casi deseando que fuera una eternidad.

Casualmente, en ese momento aparece de nuevo el supervisor. Mira al pobre hombre, encuentra la oportunidad que esperaba y le dice al borde de la contentura: ¡Tiburcio, charlatán, no se te paga para que duermas, quedas despedido!

Entonces me pregunto, independientemente de los aspectos legales: ¿Es culpable Tiburcio cuando comete un error en su trabajo? ¿O acaso es la mayor responsable la empresa que lo contrató? Lo segundo, por supuesto.
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Editor Gazcue es Arte

Master en Educación Superior mención Docencia, Licenciado en Comunicación Social, Técnico Superior en Bibliotecología y Diplomado en Ciencias Políticas, Columnista del periodico El Nuevo Diario

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