En la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Primada de América y principal academia pública del país, esta investidura debería conservar un carácter excepcional. Sin embargo, cada vez son más las voces que advierten sobre el riesgo de que el reconocimiento pierda el peso simbólico que históricamente ha tenido.
Cuando un Doctor Honoris Causa comienza a otorgarse con excesiva frecuencia o bajo criterios que generan cuestionamientos en la comunidad universitaria y en la opinión pública, la distinción corre el peligro de banalizarse. No basta con que una persona ocupe un cargo relevante o goce de reconocimiento político o social; la decisión debe estar sustentada en méritos extraordinarios y en aportes ampliamente reconocidos que trasciendan coyunturas e intereses particulares.
La propia normativa universitaria contempla que la propuesta debe seguir un proceso institucional y ser conocida por los órganos competentes antes de su aprobación. Asimismo, el Consejo Superior de Doctores tiene entre sus atribuciones recomendar estos nombramientos, procurando preservar el prestigio académico de la institución.
La discusión no debe centrarse en una persona específica, sino en la necesidad de proteger el valor del reconocimiento. Cada nueva investidura debe fortalecer el prestigio de la UASD y no alimentar la percepción de que el máximo honor universitario puede responder a conveniencias del momento.
Las universidades construyen su reputación durante siglos, pero pueden erosionarla si sus símbolos pierden credibilidad. El Doctor Honoris Causa debe seguir siendo un reconocimiento excepcional, reservado para quienes, con su obra y legado, engrandecen el conocimiento, la cultura, la ciencia o el servicio a la humanidad.
La UASD, con casi cinco siglos de historia, tiene el deber de preservar el prestigio de sus máximas distinciones. La grandeza de una universidad no solo se mide por los profesionales que forma, sino también por el rigor con que protege sus principios, su autonomía y el valor de sus reconocimientos. Esa es una responsabilidad que trasciende cualquier administración y constituye un compromiso permanente con la historia y con las futuras generaciones.
Por Amable Chahin

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